Como cada jornada, sobre las nueve, Ámber regresaba a
casa. Utilizaba la línea de metro número 3, cuya duración era de veinticinco
minutos y que siempre pasaba por la estación a las nueve y diecisiete. Eso le
daba tiempo a comprarse algo de comer en la tienda de la esquina, normalmente
un croissant, que mordisqueaba con calma mientras paseaba hacia el andén.
Aquella noche llevaba un libro bajo el brazo, una nueva lectura que empezaría
en cuanto se diese una ducha, se pusiera el pijama y se metiera en la cama.
Pensando en si estaría demasiado cansada para leer diez páginas o un capítulo
entero, subió al metro, que siempre estaba lleno a esas horas, y buscó un lugar
dónde sentarse; casi nunca había un asiento libre, pero no perdía nada por
comprobarlo.
De pronto, le vio entre la gente. Se sobresaltó cuando sus
miradas se encontraron y bajó la vista al suelo. Él estaba allí, como cada
noche, en el vagón de metro de las nueve y diecisiete de la línea número
3...
En dos meses tres semanas y seis días no había fallado ni
una sola vez, siempre estaba en el mismo lugar, observándola descaradamente,
hablándola con los ojos, desnudándola con la mirada, prometiéndole que al día siguiente, también
estaría allí, al otro lado del vagón, esperando...
A veces ella lo
miraba fijamente, como hacia él, pero en
cuanto sus miradas se encontraban bajaba la vista temerosa de que un extraño se
diera cuenta de sus fantasías. Era consciente de la tensión sexual que existía
entre los dos, y de que si en ese vagón abarrotado de gente, estuvieran solos, el
deseo hubiera ganado la batalla a la razón. Y no es que ella se considerara una
chica de anuncio de lencería, realmente, ni de lencería ni de cualquier otro
producto, pero conocía sus armas e incluso, a veces, sabía cómo utilizarlas y estaba
claro que ese hombre ejercía un poder de atracción irresistible sobre ella.
Sólo con la mirada conseguía transportarla a escenas cargadas de erotismo y
lujuria que la hacían ruborizar con sólo imaginarlas. No solía pasarle eso con todos los hombres que la
atraían, incluso ni con todas las parejas o amantes que había tenido, sólo unos
pocos, privilegiados, como solía llamarles entre risas cuando hablaba con sus
amigas, conseguían estimular su mayor zona erógena, la imaginación; y desatar
toda la pasión guardada en su interior.
Tras inspeccionar el vagón con la mirada, pudo comprobar
que quedaba un asiento libre, justo al lado donde su hombre misterioso se
encontraba de pie. Él la seguía
mirando fijamente, con esa sonrisa
pícara y cargada de malicia. Comenzó a caminar hacia el asiento vacío y al llegar allí,
sin saber cómo, le preguntó descaradamente:
-¿Vas a sentarte? ¿O lo reservas para alguien?.-
A lo que él, sin vacilar ni un solo instante, respondió: -sí,
para ti…- y bajando el tono de voz, hasta casi convertirlo en un susurro
prosiguió -Es la única manera de conseguir que te acerques a mí, Ámber.-
Un escalofrío la recorrió de arriba a abajo, recordaba su
nombre, al igual que ella recordaba la primera vez que le vio: mientras se
sentaba evocó ese momento como si lo estuviera viviendo de nuevo ..” iba con su
compañera de trabajo, Gina, y las dos se fijaron rápidamente en el pasajero
increíblemente seductor que se encontraba al otro lado del vagón. Cruzaron
varias miradas, e incluso ella, con el atrevimiento de ir acompañada, entre
risas y embriagada por los ánimos de su amiga, llego a coquetear con él en la
distancia de una manera un tanto descarada… “Ámber… Ámber despierta!!!” Tuvo
que gritar Gina cuando llegaron a la
parada, ya que era incapaz de apartar la mirada de esos ojos que la llamaban y
la atraían como el polo opuesto de un imán…”
Y ahora, casi tres
meses después, ahí lo tenía, tan cerca que podía impregnarse con su aroma e
incluso rozar su pierna con la rodilla al compás del traqueteo del tren. Él la
observaba, mientras ella intentaba disimular su nerviosismo jugueteando con el
libro que estaba deseando comenzar “El Jardín Perfumado”.
-Tin-Ton-Tin - Próxima Parada: Sol.-
La voz por megafonía que anunciaba su parada la
sobresalto, tanto que al levantarse no midió bien la distancia, tropezó con sus
propios pies y fueron unas manos grandes, fuertes y a la vez suaves las que
impidieron que cayera al suelo haciendo el mayor ridículo de su vida; aún así
no dejaba de pensar “Tierra Trágame”.
–Cre…Cre… Creo que esta es mi parada, si me devuelves mi
brazo podré llegar a casa.- acertó a decir, con una sonrisa que mal disimulaba
la vergüenza por la que estaba pasando.
-Sí, pero te acompañaré, no quiero que vuelvas a tropezar…
además te he salvado la vida, así que al menos deberías invitarme a un café.- Le
respondió con su sonrisa más seductora.
-Está bien… Me parece justo, pero no es necesario que me
lleves de la mano, de verdad, te avisaré cuando tenga intención de caer de
nuevo….- Agregó devolviéndole la sonrisa.
Caminaron en silencio hacia la salida del metro. Pero no
era un silencio incomodo, más bien era el preparativo perfecto para lo que
ambos presentían que iba a suceder.
-Jon… me llamo Jon.- dijo él de repente, -creo que es
justo que al menos sepas eso sobre mí… y…. ese libro que llevas bajo el brazo-
prosiguió agarrándola por la cintura, atrayéndola hacia sí mismo- es una joya
de la literatura erótica, quisiera poder estar cerca de ti cuando lo
disfrutes.-
-Mmmmm, pensaba comenzarlo esta noche, después de darme
una ducha y ponerme el pijama, así que no creo que sea posible.- Contestó
haciéndose la difícil, aunque su cuerpo se acercaba más a él
-¿Pijama?, ese libro no es para leerlo en pijama querida…-
Y suavemente rozo sus boca con la yema de sus dedos, apartó un mechón rebelde
de pelo, y la beso lenta pero profundamente.
Al apartar sus labios, la miró a los ojos, esperando
adivinar su reacción, por un momento Ámber no sabía que hacer, pero al instante
su cuerpo reaccionó, y ahora fue ella la que enredando los dedos en su pelo
acercó su boca a la suya, y sin llegar a besarle susurró –Y según tú, ¿cómo
debería hacerlo?-
-Invítame a tu casa y te lo mostraré… recuerda… me debes
un café.- Respondió mientras atrapaba los labios de Ámber entre los suyos.
El camino hasta su casa fue ameno, hablando sobre trivialidades,
riendo y dedicándose miradas cómplices a cada paso. Cuando llegaron a su
portal, ella abrió la puerta e interponiéndose en su camino comenzó a decir: –No
pienses que….- pero antes de que pudiera continuar, el puso un dedo sobre sus
labios y acercándose le susurró –Shhh, no pienso… simplemente me dejo llevar… y
tú, te vas a dejar llevar?- Ella no contestó, únicamente tomo su mano y
le guió.
Subieron las escaleras hasta un primer piso de un edificio
antiguo, al entrar en la casa colgó el abrigo en el perchero estratégicamente
colocado a la entrada, depositó las llaves sobre el mueble del recibidor,
encendió una vela con aromas frutales y se descalzó, mientras se soltaba el pelo
masajeando la cabeza con los dedos. Él la observaba en silencio. Era como un
ritual. De repente se giró, como si se acabara de dar cuenta de que no estaba
sola. Lentamente, con movimientos cuasi felinos, se acerco a él, le quitó el
abrigó y la americana, colgándolo todo cuidadosamente. Aflojó el nudo de su
corbata mirándole con ojos lascivos mientras mordisqueaba sus propios labios en
un acto reflejo; pausadamente comenzó a desabrochar uno por uno los botones de
la camisa que tan bien le quedaba. Jugueteó con sus dedos en el borde del
pantalón, desabrochando el cinturón, mientras lamía, olía y mordisqueaba cada milímetro de su torso. Cada roce de
Ámber agitaba un grado más la respiración de Jon, y cada latido acelerado de
él, acrecentaba la excitación de ella.
No podían existir sutilezas en ese momento, no, existiendo tanta tensión
sexual acumulada entre ellos. Sin previo aviso, él tomó las riendas, la puso
contra la pared, frente a él y literalmente arrancó los botones de su blusa
hundiendo la cabeza entre sus pechos. Aspiró su aroma y no dejó ni un milímetro
de piel entre cuello y ombligo sin recorrer, mientras sus manos, traviesas, se
colaban por debajo de la falda, apretando muslos y nalgas, acercándose a su
sexo cada vez más húmedo. Sobraba ropa pero no sobraban ganas; entre los dos se
deshicieron de la tela que se interponía entre sus cuerpos desnudos y ávidos de
placer continuaron devorándose mutuamente.
El siguió descendiendo, deseoso de saborear su humedad, mientras ella con los dedos enredados en su pelo disfrutaba del momento. Sus dedos y su lengua parecían conocer el camino para hacerla disfrutar, vaya si sabían… hasta que el apetito de Ámber fue más allá, mirándolo pícaramente separó la cabeza de entre sus piernas y fue agachándose hasta que lo dejo tumbado por completo en el suelo del recibidor. Mordisqueo sus pezones, araño su costado, jugueteo con los dedos entre sus ingles y poco a poco deslizó su lengua hasta un miembro que la esperaba firme y erecto. Lo saboreó despacio, recreándose en cada milímetro de piel, jugueteando con él, con lengua, boca y manos. A veces aumentaba el ritmo y lo lamía con voracidad para nuevamente regresar a un ritmo lento que le estaba volviendo completamente loco de placer.
Y así, tumbados sobre el suelo del recibidor les
sorprendió un nuevo día, con el pelo enmarañado, ropa dispersa por los
rincones, botones arrancados y una sensación nueva para Ámber, la de haber
disfrutado realmente de lo que quería, sin prejuicios y dejándose llevar, sin
importarle el mañana, ni el qué dirán; pero… mientras disfrutaba de ese estado
de ensimismamiento una lucecita en su cabeza la devolvió de golpe a la
realidad, ¡llegaba tarde a trabajar!. Atropelladamente corrió hacia la ducha sin
casi darse cuenta de que él seguía allí, pero cuando salió envuelta en una
toalla y maldiciendo a quién sabe qué por lo tarde que era, la evidencia
tangible de que aquella noche no había sido un sueño, estaba allí, frente a a
ella, de nuevo con su perfecto nudo de corbata y esa sonrisa cautivadora en los
labios – Me voy, o ninguno de los dos iremos a trabajar- dijo sonriendo pícaramente.
-Línea 3, nueve y diecisiete, no lo olvides, te esperaré- Y
depositando un beso cálido sobre sus labios aún húmedos por las gotas que caían
de su pelo mojado se alejó, mientras ella solo podía pensar en las nueve y diecisiete
minutos de muchos días más.
FIN




4 comentarios:
Que relato más bonito Alter!. Describes muy bien la escena. Se respira atmósfera de estación, de anden, de atracción, hay fuerte dosis de sensualidad y sexualidad, todo un buen relato. Te felicito.
Besotes Alter!!
Aparte de lo sugerente del tema... buena prosa, sí.
besos
Me gustó meterme en la atmósfera que relatas ;)
Inesperado destino el que unió el vagón de sus vidas.
Besitos :)
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