14 de junio de 2012

ADAGIO EN EL RECIBIDOR


Como cada jornada, sobre las nueve, Ámber regresaba a casa. Utilizaba la línea de metro número 3, cuya duración era de veinticinco minutos y que siempre pasaba por la estación a las nueve y diecisiete. Eso le daba tiempo a comprarse algo de comer en la tienda de la esquina, normalmente un croissant, que mordisqueaba con calma mientras paseaba hacia el andén. Aquella noche llevaba un libro bajo el brazo, una nueva lectura que empezaría en cuanto se diese una ducha, se pusiera el pijama y se metiera en la cama. Pensando en si estaría demasiado cansada para leer diez páginas o un capítulo entero, subió al metro, que siempre estaba lleno a esas horas, y buscó un lugar dónde sentarse; casi nunca había un asiento libre, pero no perdía nada por comprobarlo.

De pronto, le vio entre la gente. Se sobresaltó cuando sus miradas se encontraron y bajó la vista al suelo. Él estaba allí, como cada noche, en el vagón de metro de las nueve y diecisiete de la línea número 3... 

En dos meses tres semanas y seis días no había fallado ni una sola vez, siempre estaba en el mismo lugar, observándola descaradamente, hablándola con los ojos, desnudándola con la mirada,  prometiéndole que al día siguiente, también estaría allí, al otro lado del vagón, esperando...

A veces ella lo miraba fijamente, como hacia él, pero  en cuanto sus miradas se encontraban bajaba la vista temerosa de que un extraño se diera cuenta de sus fantasías. Era consciente de la tensión sexual que existía entre los dos, y de que si en ese vagón abarrotado de gente, estuvieran solos, el deseo hubiera ganado la batalla a la razón. Y no es que ella se considerara una chica de anuncio de lencería, realmente, ni de lencería ni de cualquier otro producto, pero conocía sus armas e incluso, a veces, sabía cómo utilizarlas y estaba claro que ese hombre ejercía un poder de atracción irresistible sobre ella. Sólo con la mirada conseguía transportarla a escenas cargadas de erotismo y lujuria que la hacían ruborizar con sólo imaginarlas. No solía  pasarle eso con todos los hombres que la atraían, incluso ni con todas las parejas o amantes que había tenido, sólo unos pocos, privilegiados, como solía llamarles entre risas cuando hablaba con sus amigas, conseguían estimular su mayor zona erógena, la imaginación; y desatar toda la pasión guardada en su interior.

Tras inspeccionar el vagón con la mirada, pudo comprobar que quedaba un asiento libre, justo al lado donde su hombre misterioso se encontraba de pie.  Él la seguía mirando  fijamente, con esa sonrisa pícara y cargada de malicia. Comenzó a caminar hacia el asiento vacío y al llegar allí,  sin saber cómo, le preguntó descaradamente:
-¿Vas a sentarte? ¿O lo reservas para alguien?.-
A lo que él, sin vacilar ni un solo instante, respondió: -sí, para ti…- y bajando el tono de voz, hasta casi convertirlo en un susurro prosiguió -Es la única manera de conseguir que te acerques a mí, Ámber.-

Un escalofrío la recorrió de arriba a abajo, recordaba su nombre, al igual que ella recordaba la primera vez que le vio: mientras se sentaba evocó ese momento como si lo estuviera viviendo de nuevo ..” iba con su compañera de trabajo, Gina, y las dos se fijaron rápidamente en el pasajero increíblemente seductor que se encontraba al otro lado del vagón. Cruzaron varias miradas, e incluso ella, con el atrevimiento de ir acompañada, entre risas y embriagada por los ánimos de su amiga, llego a coquetear con él en la distancia de una manera un tanto descarada… “Ámber… Ámber despierta!!!” Tuvo que gritar Gina  cuando llegaron a la parada, ya que era incapaz de apartar la mirada de esos ojos que la llamaban y la atraían como el polo opuesto de un imán…”

Y  ahora, casi tres meses después, ahí lo tenía, tan cerca que podía impregnarse con su aroma e incluso rozar su pierna con la rodilla al compás del traqueteo del tren. Él la observaba, mientras ella intentaba disimular su nerviosismo jugueteando con el libro que estaba deseando comenzar “El Jardín Perfumado”.

-Tin-Ton-Tin - Próxima Parada: Sol.-

La voz por megafonía que anunciaba su parada la sobresalto, tanto que al levantarse no midió bien la distancia, tropezó con sus propios pies y fueron unas manos grandes, fuertes y a la vez suaves las que impidieron que cayera al suelo haciendo el mayor ridículo de su vida; aún así no dejaba de pensar “Tierra Trágame”.

Cre…Cre… Creo que esta es mi parada, si me devuelves mi brazo podré llegar a casa.- acertó a decir, con una sonrisa que mal disimulaba la vergüenza por la que estaba pasando.
-Sí, pero te acompañaré, no quiero que vuelvas a tropezar… además te he salvado la vida, así que al menos deberías invitarme a un café.- Le respondió con su sonrisa más seductora.

-Está bien… Me parece justo, pero no es necesario que me lleves de la mano, de verdad, te avisaré cuando tenga intención de caer de nuevo….- Agregó devolviéndole la sonrisa.
Caminaron en silencio hacia la salida del metro. Pero no era un silencio incomodo, más bien era el preparativo perfecto para lo que ambos presentían que iba a suceder.
-Jon… me llamo Jon.- dijo él de repente, -creo que es justo que al menos sepas eso sobre mí… y…. ese libro que llevas bajo el brazo- prosiguió agarrándola por la cintura, atrayéndola hacia sí mismo- es una joya de la literatura erótica, quisiera poder estar cerca de ti cuando lo disfrutes.-
-Mmmmm, pensaba comenzarlo esta noche, después de darme una ducha y ponerme el pijama, así que no creo que sea posible.- Contestó haciéndose la difícil, aunque su cuerpo se acercaba más a él
-¿Pijama?, ese libro no es para leerlo en pijama querida…- Y suavemente rozo sus boca con la yema de sus dedos, apartó un mechón rebelde de pelo, y la beso lenta pero profundamente.

Al apartar sus labios, la miró a los ojos, esperando adivinar su reacción, por un momento Ámber no sabía que hacer, pero al instante su cuerpo reaccionó, y ahora fue ella la que enredando los dedos en su pelo acercó su boca a la suya, y sin llegar a besarle susurró –Y según tú, ¿cómo debería hacerlo?-
-Invítame a tu casa y te lo mostraré… recuerda… me debes un café.- Respondió mientras atrapaba los labios de Ámber entre los suyos.

El camino hasta su casa fue ameno, hablando sobre trivialidades, riendo y dedicándose miradas cómplices a cada paso. Cuando llegaron a su portal, ella abrió la puerta e interponiéndose en su camino comenzó a decir: –No pienses que….- pero antes de que pudiera continuar, el puso un dedo sobre sus labios y acercándose le susurró –Shhh, no pienso… simplemente me dejo llevar… y tú, te vas a dejar llevar?- Ella no contestó, únicamente tomo su mano y le guió.

Subieron las escaleras hasta un primer piso de un edificio antiguo, al entrar en la casa colgó el abrigo en el perchero estratégicamente colocado a la entrada, depositó las llaves sobre el mueble del recibidor, encendió una vela con aromas frutales y se descalzó, mientras se soltaba el pelo masajeando la cabeza con los dedos. Él la observaba en silencio. Era como un ritual. De repente se giró, como si se acabara de dar cuenta de que no estaba sola. Lentamente, con movimientos cuasi felinos, se acerco a él, le quitó el abrigó y la americana, colgándolo todo cuidadosamente. Aflojó el nudo de su corbata mirándole con ojos lascivos mientras mordisqueaba sus propios labios en un acto reflejo; pausadamente comenzó a desabrochar uno por uno los botones de la camisa que tan bien le quedaba. Jugueteó con sus dedos en el borde del pantalón, desabrochando el cinturón, mientras lamía, olía y mordisqueaba  cada milímetro de su torso. Cada roce de Ámber agitaba un grado más la respiración de Jon, y cada latido acelerado de él, acrecentaba la excitación de ella.  No podían existir sutilezas en ese momento, no, existiendo tanta tensión sexual acumulada entre ellos. Sin previo aviso, él tomó las riendas, la puso contra la pared, frente a él y literalmente arrancó los botones de su blusa hundiendo la cabeza entre sus pechos. Aspiró su aroma y no dejó ni un milímetro de piel entre cuello y ombligo sin recorrer, mientras sus manos, traviesas, se colaban por debajo de la falda, apretando muslos y nalgas, acercándose a su sexo cada vez más húmedo. Sobraba ropa pero no sobraban ganas; entre los dos se deshicieron de la tela que se interponía entre sus cuerpos desnudos y ávidos de placer continuaron devorándose mutuamente.

El siguió descendiendo, deseoso de saborear su humedad, mientras ella con los dedos enredados en su pelo disfrutaba del momento. Sus dedos y su lengua parecían conocer el camino para hacerla disfrutar, vaya si sabían… hasta que el apetito de Ámber fue más allá, mirándolo pícaramente separó la cabeza de entre sus piernas y fue agachándose hasta que lo dejo tumbado por completo en el suelo del recibidor. Mordisqueo sus pezones, araño su costado, jugueteo con los dedos entre sus ingles y poco a poco deslizó su lengua hasta un miembro que la esperaba firme y erecto. Lo saboreó despacio, recreándose en cada milímetro de piel, jugueteando con él, con lengua, boca y manos. A veces aumentaba el ritmo y lo lamía con voracidad para nuevamente regresar a un ritmo lento que le estaba volviendo completamente loco de placer.

De repente, levantó la mirada, y desafiándole a continuar con el juego, fue retrocediendo poco a poco, hasta quedar frente a él, sentada, con las piernas abiertas, mostrándole toda su desnudez, ronroneando y mordiéndose el labio inferior,  incitándole a abalanzarse sobre ella como si fuera una inocente presa. Él sonrió, gateando hacia ella, - ¿Así qué estas dispuesta a que te devore?- Le susurró. Y sin más preámbulos comenzó a mordisquearla desde los dedos de los pies hasta la punta de la nariz, sin dejar ni un solo recoveco de su cuerpo sin probar. En ese instante se detuvo, clavó sus ojos en los de ella y fue penetrándola lentamente, amoldando su sexo al de ella; ambos dejaron escapar un gemido y sus caderas comenzaron un baile acompasado, un perfecto adagio, a veces lento, meciéndose y deleitándose con cada movimiento y otras como un mar embravecido como queriendo fundir sus cuerpos en uno solo. 

Y así, tumbados sobre el suelo del recibidor les sorprendió un nuevo día, con el pelo enmarañado, ropa dispersa por los rincones, botones arrancados y una sensación nueva para Ámber, la de haber disfrutado realmente de lo que quería, sin prejuicios y dejándose llevar, sin importarle el mañana, ni el qué dirán; pero… mientras disfrutaba de ese estado de ensimismamiento una lucecita en su cabeza la devolvió de golpe a la realidad, ¡llegaba tarde a trabajar!. Atropelladamente corrió hacia la ducha sin casi darse cuenta de que él seguía allí, pero cuando salió envuelta en una toalla y maldiciendo a quién sabe qué por lo tarde que era, la evidencia tangible de que aquella noche no había sido un sueño, estaba allí, frente a a ella, de nuevo con su perfecto nudo de corbata y esa sonrisa cautivadora en los labios – Me voy, o ninguno de los dos iremos a trabajar- dijo sonriendo pícaramente. -Línea 3, nueve y diecisiete, no lo olvides, te esperaré-  Y depositando un beso cálido sobre sus labios aún húmedos por las gotas que caían de su pelo mojado se alejó, mientras ella solo podía pensar en las nueve y diecisiete minutos de muchos días más.

FIN

                                                  


Aportación al "Juego de Primavera" de Paty C. Marin en su blog "Cuentos Íntimos".




4 comentarios:

arkaitz dijo...

Que relato más bonito Alter!. Describes muy bien la escena. Se respira atmósfera de estación, de anden, de atracción, hay fuerte dosis de sensualidad y sexualidad, todo un buen relato. Te felicito.

Besotes Alter!!

De cenizas dijo...

Aparte de lo sugerente del tema... buena prosa, sí.



besos

Pilar dijo...

Me gustó meterme en la atmósfera que relatas ;)

Oréadas dijo...

Inesperado destino el que unió el vagón de sus vidas.
Besitos :)

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