25 de julio de 2012

Sábanas de Satén

   I (Regreso)




   Era una mañana de un día cualquiera, en un lugar cualquiera; en su agenda no había nada planeado hasta la una de la tarde, hora en la que tenia que almorzar con un cliente y volver a la rutina diaria. Casi sin pensarlo cubrió sus hombros desnudos con un chal y de una manera autómata salió a pasear, dejándose llevar por sus propios pasos, sin saber muy bien hacia donde la guiarían.

   De pronto se encontraba frente a la puerta de aquel maldito lugar, se había jurado mil y una vez que no regresaría, pero su propio subconsciente la había traicionado, y allí estaba, de pie, mientras su mano ascendida animosa dispuesta a presionar el timbre… Transcurrió un breve espacio de tiempo, su corazón latía al borde de la taquicardia, nadie contestaba; entonces, un atisbo de valentía asomó, entrecerró los ojos escudriñando en su memoria, hasta que recordó donde se escondía la “llave de emergencia”; giró la cabeza en ambas direcciones, “nadie a la vista” se dijo a sí misma, y estirándose todo lo que su cuerpo le permitía, alzó el brazo y deslizó sus dedos sobre el marco de la puerta; había una pequeña holgura donde… ¡premio! se escondía la llave. Lentamente la introdujo en la cerradura; las piernas le flaqueaban; abrió la puerta y accedió al interior del apartamento. Respiró hondo, embriagándose con el olor a esencias que había en el lugar, avanzó segura, lo conocía a la perfección y nada había cambiado; en su cabeza se agolparon cientos y cientos de recuerdos; recorrió el salón con la mirada, y sonrió al recordar la imagen de ellos dos, allí, tumbados sobre el sofá, riendo y riendo hasta llorar mientras se hacían cosquillas…

   Continuó evocando dulces y amargos recuerdos hasta llegar a la habitación. Instintivamente, se tumbó sobre la cama, la ropa aún caliente, estaba revuelta. Abrazó fuertemente la almohada impregnada con su aroma; mientras un cosquilleo le subía desde la boca del estomago, ¿Qué pensaría si llegaba y la encontraba sobre su cama, después de… cuanto… dos meses sin verse?, hizo el intento de incorporarse y salir corriendo, pero permaneció allí, inmóvil, sedada por el torbellino de emociones que surgían desde su interior.

   La cabeza le daba vueltas y más vueltas, su pecho ascendía y descendía cada vez más rápido, tenía mucho calor. Con gesto impaciente se deshizo de las prendas que la cubrían, hasta quedar completamente desnuda cubierta por sábanas de satén…


II. (Sentimientos Contrariados)




...Las sábanas acariciaban su piel, dibujando línea a línea el contorno de su figura. Imaginaba sus dedos y su boca trazando el mapa de su cuerpo, como tantas veces lo habían hecho; viajaban a la perfección por cada curva, exponiendo en un escaparate su debilidad: el roce de sus labios erizando su vello. Sabía muy bien como arrebatarle gemidos de pasión y hacerse dueño de todos sus sentidos; siempre conseguía elevarla al máximo exponente del placer.

   La temperatura seguía subiendo considerablemente, se encontraba en un estado cuasi febril; sus manos desgarraban todas las promesas de no caer, haciendo jirones con su firmeza. En ese instante era una marioneta de su propio deseo; susurraba su nombre, reclamaba su presencia, exigía tenerle allí saciando esa necesidad abrumadora que le estaba robando el oxigeno.

   Las caricias auto-proferidas eran cada vez más precisas, arqueaba su espalda, jadeaba bañada en sudor y ahogaba su necesidad de gritar en la almohada. Un escalofrío recorrió su espina dorsal, sus músculos, tensos, se relajaron, ascendió al nirvana y de repente, cayó al averno; cuando por fin, fue consciente de la realidad. Se encontraba en su piso, en su cama, gozando sobre sus sábanas, sola, inspirada por un aroma y unos recuerdos que no conseguía borrar. En el pasado, a él le hubiera excitado sobremanera esa situación, llegar y encontrarla desnuda, con los ojos encendidos, mirándole libidinosos, poseída por la lujuria, esperando saltar sobre su presa para saciar ese apetito desordenado. Pero ahora…

... ahora demasiados errores les separaban, un cúmulo de obligaciones de las que no podían renegar, una realidad excesivamente palpable, reproches, lágrimas, exceso de noes versus escasos síes…

   Mientras se vestía, el peso de la culpabilidad la inundó cientos de veces acusándola por la locura que acababa de cometer; miró el reloj, y salió, apresurada, cerrando la puerta a su paso, sin volver la vista atrás, sin preocuparse siquiera por borrar las huellas que delataran su presencia, planeando ansiosa el momento de volver a estar envuelta por sabanas de satén…


III. (Bendita Locura)


 

   Habían transcurridos días, quizá semanas, desde esa primera incursión en territorio prohibido; y algo había cambiado: desde esa mañana, no había vuelto a ser la misma. El muro de hielo, que la hacía fría e inaccesible había dado paso a un volcán siempre en erupción. Su reflejo en el cristal era el único indicio de que seguía siendo ella; pero ahora sus ojos brillaban con una luz especial, su piel se erizaba simplemente con pensar en él; sus labios, se tornaban más jugosos esperando impacientes el reencuentro con otros labios y su sexo se humedecía imaginando historias que antes la ruborizaban.

    Se había propuesto infinidad de veces olvidar lo sucedido pero igualmente, otras mil y una más, se había propuesto volver a repetirlo…

    Esa mañana despertó agitada e invadida por una tremenda desazón; canceló todas las citas del día, y mientras se sumergía en un baño caliente de espuma, una única idea germinó en su cabeza. Miró el reloj, era demasiado pronto, “todavía no habrá salido” pensó. Él era un animal de costumbres y ella conocía sus movimientos. Sabía perfectamente a la hora que entraba, que salía, y que ese viernes como cada semana, regresaría tarde; podría ir a su casa...

    Sonrió. Era una locura, pero era el momento justo de cometer alguna.

    Caminaba con paso flemático pero firme, esta vez sabía bien hacia donde se dirigía y tan siquiera titubeo al entrar. No se detuvo en recuerdos del pasado; se encaminó hacia la habitación del fondo, dejando tras de sí un reguero de ropa de la cual se iba despojando lentamente. El pulso se le estaba acelerando demasiado, le faltaba el aire, sentía que el corazón iba a saltar de su pecho de un momento a otro, respiró profundamente: inhaló, exhaló, tenía que relajarse y poco a poco logró tranquilizar su ritmo cardíaco.

    Permaneció de pié durante unos segundos, observando su cuerpo desnudo en el espejo, cerró los ojos, sus caderas se balanceaban de un lado a otro en un ritmo sensual, de repente… sonó la música…

…“Cause I love you… Yes, I love you... Oh how I love you…”



    Sintió la proximidad de una presencia no tan extraña, unos brazos rodeando su cintura y el roce de una piel transformada en sábanas de satén…


IV. (Sólo una vez más...)




... No tuvo la necesidad de abrir los ojos y comprobar quien era el dueño de aquellas manos que acariciaban su cuerpo, decidió no hacer preguntas y dejarse consumir por el fuego que la quemaba por dentro y por fuera.

   Sus sentidos a flor de piel reaccionaban alterando su consciencia, deseaba morir en sus brazos si así, de esa manera, se aseguraba la permanencia perpetua en ellos, no le importaba nada ni nadie; sólo ese momento, solos los dos, en medio de un océano de tempestades, queriendo levantar el vuelo con unas alas que ella siempre se empeñaba en cortar.

   La música seguía sonando, dos figuras perfectamente acopladas danzaban etéreas, unidas en comunión. Se miraron a los ojos, intensamente, y sin necesidad de palabras, ella lo entendió todo: él siempre supo que había estado allí, es más, esperaba su regreso cada día, impaciente, deseando que la razón perdiera la batalla de una guerra que tenía ganada. 

   Las caricias flotaban marcando sus huellas en cada milímetro de piel; los besos, suavemente intensos, acrecentaban la necesidad de poseerse, de perderse uno en el otro; pasión deliciosamente salvaje, marcada por la realidad de saberse única. No habría más ocasiones, no habría más encuentros, era la realidad de un sueño ya pasado, revivido y alentado por los fantasmas del recuerdo negándose a olvidar, obligándoles a amarse intensamente, sin mesura, entregando todo su ser, ofreciendo el alma, uniendo en un sólo cuerpo dos amantes y dos amados, culpables e inocentes, tan cercanos y tan lejanos a la vez.

   El tiempo iba pasando veloz, trayendo consigo el momento de la despedida. No hubo lágrimas, no se oyeron reproches, sobraban las explicaciones. Conocían las reglas del juego; eran cómplices de un mismo error. Sólo el brillo de una última mirada, el encuentro de unos ojos anhelantes, pidiendo una absurda oportunidad al destino, el cual, se carcajeaba ante ellos, disipándola en las cuatro paredes de aquella habitación. Sólo los restos imborrables de un amor imposible, ahogado entre sábanas de satén. 


(FIN)



(Nota del Autor: Los que me conocéis desde hace años también reconoceréis este relato que hoy he querido rescatar y que me trae tantos recuerdos, espero que sigáis disfrutando con él; los que lo leéis por primera vez espero que os guste y os transmita mil y una sensaciones.)








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